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domingo, 5 de febrero de 2017

[EDITORIAL] La vida es una verbena, de Lucía Be.

Hay noches que soy capaz de leerme “La vida es una verbena” de Lucía Be hasta tres veces y romper a llorar.
Me identifico con esa Lucía que hace fácil lo difícil, aunque no pueda, dice verdades como puños de esas que a veces nadie se atreve a decir y lleva bailando desde mucho antes que existiera “La La Land”.

Esta joven que ven aquí, con sombrero y gafotas es Lucía Be (que yo siempre pronuncio como Bee, osea Bi), que por amor se fue al campo y se acorto el apellido, entre novelas de Jane Austen, comenzó a coser coronas de flores y a aprender sobre las cosechas mientras hacía garabatos. ¿Qué más podía hacer en aquel pueblo idílico?
Dibujar flores y sonrisas en la cara de las que la leemos.

star en rojo

Esta es Lucía, pero esta también es Lucía (La real y la dibujada), una joven con el moño por bandera con una sonrisa que hace que quieras que sea tu BFF (mejor amiga de toda la vida) aunque ella no lo sepa. Hay gente en el mundo que desprende magía y buen rollismo aunque ellos no lo sepan, aunque ellos a veces pasen por malos momentos o que también esten tristes y tengas sus penas. Esa gente es la que me gustaría tener a mi lado, y es de la que el mundo debería estar lleno. (Espero que alguién le haya robado un chicle mascado para clonarla y hacer una legión de Lucis)
 
A veces cuando leo el libro lloro, me emociono de manera sana, porque dejo salir eso que llevo dentro, que me duele y que si lo guardamos se enquista y se hace bola. Porque no es malo llorar, no nos empeñemos en demonizar algo natural, que puede liberarnos de la culpa o la pena.
Ayer tenía un día gris, por lo que podía haber elegido cualquier otro para leer su blog, el blog donde nos contaba lo que no nos dijo de su 2016, de forma directa, sana, amable, y liberadora. Llore, llore hasta que me dolieron los ojos. Tuve ganas de abrazarla, porque de forma egoísta su abrazo me habría sanado más a mi.


Cuando la leo, me dan ganas de decirle: Te quiero.
Te quiero por como eres, por tu sonrisa, tu pelo, tu forma de ser, tu dulzura, tu debilidad  y tu fuerza. Ese te quiero que te sale con la gente que no conoces, con los "famosos",  y que no es admiración, es cariño verdadero, un poquito de "quiero ser como tú de mayor". No, no os asustéis, no es amor. Es que siento que Lucía pertenece a este grupo de personas amables, es decir, con la capacidad de que sean amadas. ;) 



Volviendo al post, Lucía nos contaba su nochevieja de 2015, y como cualquier hijo de vecino se hacía unos propósitos de año nuevo, y como los había cumplido. Buenos y admirables propósitos que no tenían nada que ver con dejar de fumar o ir al gimnasio y no solo apuntarse, sino con la vida, y los deseos más internos de cada uno.
Tener una hija, dibujar más o leer 20 libros.
Uno de los propósitos que más me gusta es “Curarme”, porque yo también estoy triste, más de lo que me gustaría y sé que no estoy recuperada del todo, es algo que uno nota, que siente. No encuentro mejor propósito en la vida que estar sano, y tan difícil, porque no sé puede controlar ni forzar.
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Recuerdo el día que leí que la Luz de su vida se había ido, como el corazón de su niña se había parado (aunque hasta ahora que he leído el blog no sabía que era niña), y recordé el titulo de la película De latir mi corazón se ha parado dirigida por Jacques Audiard, pero que curiosamente no he visto. Hice mio su dolor y su tristeza, como madre, y como persona.
Yo, que no creo que sea madre y que solo quiero niñas siento esa empatia, y esa risa nerviosa también ante la situación. El querer que el dolor se pase rápido solo porque los demás quieren que así sea, que se pase y se cure cuando es un proceso que necesita su tiempo.

Lo más bonito, y eso es lo que quiero contar, es que como Lucía con sus experiencias, viajes fatales, alegrías, y “no me da la vida” nos ayuda sin saberlo. Eso también le ocurrió a ella. Contar su experiencia, y porqué no, su tristeza, la hizo saber que al otro lado de la pantalla había mucha gente que compartía su pena, que no estaba sola, y que habían historias mejores y peores que la suya. Que un abrazo de una desconocía puede valer tanto o más como el de una amiga, si es sincero.

Yo en un momento de mi vida (En realidad varios) también pedí ayuda, y creo que no he dado todavía con esa persona (profesional) que me ayude de verdad. El post de Lucía me ha servido para mandar a la mierda a mi psiquiatra, el tío más petardo que me he echado a la cara, así, con todas sus letras. Con la cantidad de buenos profesionales, y a mi me toca un petardo que me dice que me vaya a andar, cuando hacer deporte me da alergia. Esa es su solución.
Así que le voy a dejar. Si quiero curarme no puedo seguir haciendo las mismas cosas, y menos siguiendo los consejos de este petardo. Lo siento. Eso es bueno, pues darte cuenta que no es para ti, y que ese camino no te lleva a ningún sitio es un gran logro.
El caso es que la sonrisa de Lucía se contagia, porque es pringada y molona a partes iguales. Yo que soy un poco Drama Queen, y que me intento aplicar un poco más el lema de “Be more Buffy” (si no eres un friki de la serie de la cazavampiros de los 90 no vas a pillar este chiste) siento que debo ser más Lucía Be.
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Por eso, ayer tras mi día malo, me he levantado y en la taza del té, me he tomado un benjamín de champán que guardaba en la nevera. He acabado piripi a las 11 de la mañana de un domingo y no ha pasado nada, el mundo no se ha parado, ni ha estallado la tercera guerra mundial. Total, en dos días es mi cumpleaños y podía celebrar que hoy no lo era, que al fin y al cabo es más veces no, que sí.

Adoro que sea tan natural, tan feliz, tan triste, tan normal. Adoro el campo (bueno, esto no), al Amore, a paxarito y Juan. Adoro que me dedicara el libro y me recordara que cogiera una bragas bonitas

Para escribir esto he conseguido leer su post de nuevo sin llorar a mares, solo un poquito, y de no ser así, tampoco habría pasado nada.

chín, chín


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