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miƩrcoles, 17 de septiembre de 2025

SAN SEBATIƁN 2025: MASPALOMAS: EL DESEO DE SER UNO MISMO

šŸŽ„ Maspalomas (2025): Vejez, deseo y la lucha por ser uno mismo

Lo que Maspalomas propone no es solo una historia sobre un hombre mayor que vuelve a encontrarse con su pasado, sino una meditación amplia y sin concesiones sobre la identidad, el deseo, la verdad y el precio de la libertad cuando la sociedad —y nosotros mismos— nos empuja a esconder quiĆ©nes somos.

Dirigida por Aitor Arregi y José Mari Goenaga y escrita por Goenaga en solitario, la película arranca sin medias tintas: nos presenta a Vicente, un hombre de 76 años que decidió vivir libre y plenamente tras salir del armario y abandonar su vida anterior en San SebastiÔn.

Su refugio es Maspalomas (Gran Canaria), un lugar que en la película funciona como símbolo antropológico de libertad: luz intensa, cuerpos visibles, deseo sin prejuicios y una cultura del encuentro donde Vicente puede ser él mismo, sin las limitaciones del pasado.

Pero ese paraĆ­so no dura para siempre.





 Del paraĆ­so a la grieta: el accidente como fractura narrativa

Un accidente aparentemente trivial —un ictus que deja a Vicente incapacitado— actĆŗa como dispositivo narrativo crucial: lo arrastra desde las dunas hedonistas de Maspalomas a la realidad gris y conservadora de una residencia de ancianos en San SebastiĆ”n —la misma ciudad que habĆ­a dejado atrĆ”s y con la que nunca se reconciliarĆ” del todo.

Este traslado no solo es fĆ­sico, sino simbólico: Maspalomas representaba la liberación del pasado —su identidad homoafectiva y su derecho a vivir plenamente— y San SebastiĆ”n simboliza ahora la presión social, la familia fracturada y la obligación de volver al “armario” internalizado.

Esto es dramĆ”ticamente potente: la pelĆ­cula no solo se pregunta quĆ© significa salir del armario cuando joven, sino quĆ© sucede cuando la vida te obliga a volver a ocultarte siendo anciano. Ese gesto de volver a esconderse —tras haber trabajado aƱos para vivir libre— es el nĆŗcleo trĆ”gico y polĆ­tico del relato.

La vuelta al armario

Maspalomas trabaja sobre una doble marginalización:

La vejez como espacio habitualmente excluido de la mirada cinematogrĆ”fica, donde las necesidades —afectivas, sexuales, de identidad— no suelen ser narradas con honestidad.

La homosexualidad en la tercera edad, un tema que no solo es raro en la gran pantalla, sino que suele invisibilizarse en la vida social.

El film evidencia cómo incluso despuĆ©s de dĆ©cadas de vivir libre, Vicente enfrenta la amenaza de volver a ocultarse porque en la residencia hay expectativas tradicionales, miedo al quĆ© dirĆ”n y una jerarquĆ­a silenciosa del “orden social aceptable”.

Esta tensión se vuelve nĆŗcleo dramĆ”tico: Vicente no solo debe adaptarse a su nuevo cuerpo envejecido y a su dependencia fĆ­sica, sino tambiĆ©n a una forma de discriminación mĆ”s Ć­ntima: la que viene de su propio miedo, de la mirada de su hija, de la institución que lo quiere “tranquilo” y no visible.


Maspalomas juega con contrastes formales que no son solo estéticos, sino ideológicos y emocionales.

  • Las escenas de Maspalomas —sol, calor, colores vivos, cuerpos disfrutando— no son meramente exóticas: son una casa simbólica de la libertad y la identidad desplegada.

  • En cambio, la residencia de San SebastiĆ”n es representada con un tono mĆ”s sobrio, frĆ­o y silencioso; un espacio de control, miradas vigilantes y represión soterrada.

Ese contraste entre luz y sombra, exterior y claustro institucional, fƭsico libre y cuerpo vigilado funciona como metƔfora de la batalla entre lo que uno es y lo que la sociedad quiere que uno sea.

AdemÔs, la película se distancia del melodrama explícito: no fuerza emociones ni subraya con música sentimental; apuesta por silencios que pesan, miradas largas y encuadres que ponen en evidencia el cuerpo frÔgil de Vicente frente a su entorno.

Esto transforma la forma en elocuencia.


Uno de los elementos mÔs elogiados en la crítica es cómo la película visibiliza el deseo en la tercera edad no como rareza ni como moraleja, sino como algo profundamente humano y político.

La presencia de escenas donde el deseo se expresa de formas explĆ­citas no es gratuita: en Maspalomas, lo sexual y lo afectivo se viven como parte de la identidad que Vicente conquistó y que ahora —en el nuevo entorno— se ve obligado a reprimir.

Este enfoque, lejos de ser sensacionalista, articula una pregunta poderosa:

¿QuĆ© derechos tienen los cuerpos viejos al placer, a la expresión de identidad y al reconocimiento social sin vergüenza?


Maspalomas responde con humanidad: equivocƔndose, dudando, buscando consuelo y enfrentando el rechazo, pero siempre recordƔndonos que esos cuerpos son protagonistas de su propia historia, no meros accesorios del tiempo pasado.

La relación de Vicente con su hija Nerea (Nagore Aranburu) es un eje narrativo central. No es solo el choque generacional, sino el residuo de dolor acumulado por abandono, secretos y heridas sin cicatrizar.

AquĆ­ Maspalomas se desplaza de la pregunta sobre identidad personal a la pregunta sobre relación afectiva: ¿puede la familia recuperar la empatĆ­a cuando las heridas son profundas y el pasado parece irreconciliable?

La pelĆ­cula no ofrece una reconciliación sencilla ni complaciente. MĆ”s bien, propone que la dignidad se construye en los mĆ”rgenes del perdón y de la honestidad brutal, y que vivir autĆ©nticamente —aunque duela— puede ser acto de conciliación con uno mismo y con los otros.


A la luz de sus nominaciones a los Premios Goya —incluyendo Mejor PelĆ­cula, Dirección y Actor Protagonista para JosĆ© Ramón Soroiz—, Maspalomas se sitĆŗa como una obra que trasciende lo individual para hablar de contextos sociales mĆ”s amplios: la vejez, la identidad queer, la memoria histórica del armario y la presión social sobre cuerpos que no se ajustan a normas.

La pelĆ­cula cuestiona tambiĆ©n cómo las instituciones —como las residencias— reproducen normas silentes que invisibilizan lo disidente. El regreso al armario no es solo un acto personal: es un gesto impuesto que pone en evidencia la violencia estructural de lo “aceptable”.

En ese sentido, la pelĆ­cula propone un cine donde la polĆ­tica no estĆ” en las grandes declaraciones, sino en las formas invisibles en que se exige silencio y conformidad.

Maspalomas es una pelĆ­cula que desafĆ­a la norma narrativa y social. No solo habla de un hombre mayor gay que vuelve al armario; habla de la historia Ć­ntima y universal de la lucha por vivir la propia verdad hasta el final de la vida.
Es cine que duele, que cuestiona, que observa con mirada empÔtica y sin indulgencias fÔciles. En última instancia, Maspalomas recuerda que la libertad auténtica no es solo declarativa, sino vivida, resistida y, a veces, dolorosamente recuperada.

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