🎩 La Grazia (2025): el poder, la memoria y la búsqueda de gracia
La Grazia no es una película política en el sentido tradicional de narrar hechos y conflictos de poder de manera lineal, ni tampoco un retrato biográfico de un líder histórico. En cambio, Sorrentino construye una reflexión filosófica, introspectiva y estilísticamente meditativa sobre lo que significa ejercer la autoridad, enfrentarse a la propia historia personal y aceptar la fragilidad humana justamente cuando se ostenta el poder.
La historia sigue a Mariano De Santis, presidente de la República Italiana en los últimos seis meses de su mandato. Es viudo, profundamente católico, y ha forjado su carrera sobre firmeza moral y rigor jurídico. Sin embargo, su mundo interior está marcado por el duelo personal no resuelto —especialmente por la infidelidad nunca aclarada de su esposa— y por una sensación creciente de agotamiento existencial.
A primera vista, Mariano parece un personaje de poder impecable: firme, inamovible, apodado incluso “Cemento Armato” por su inflexibilidad. Pero Sorrentino lo filma desde la tensión entre lo que hace públicamente y lo que vive emocionalmente. El centro del relato no es tanto la política como tal, sino la crisis de sentido de un hombre que ha dedicado su vida a servir a la ley y ahora debe confrontar su propia vulnerabilidad.
Ese contraste —entre la solemne arquitectura del Estado y los espacios íntimos de la memoria— se explora no solo a través de la trama, sino a través del uso del espacio y la cámara: pasillos institucionales despojados de vida que parecen prisiones simbólicas, encuentros ceremoniales que no brindan consuelo y estancias privadas donde De Santis dialoga con recuerdos que no se disuelven.
Dilemas morales y la gracia como concepto
La trama se despliega a través de una serie de dilemas éticos complejos que De Santis debe enfrentar en los últimos días de su mandato:
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La firma de una ley que legalice la eutanasia en Italia.
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El indulto de dos condenados por asesinato en circunstancias moralmente ambiguas.
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La reconciliación con su propia historia familiar y su dolor no resuelto.
El propio título —La Grazia— funciona en dual: por un lado, remite al acto legal del indulto/personal de poder (gracia presidencial), y por otro, al ideal teológico y filosófico de la gracia como experiencia de liberación espiritual que el protagonista busca sin estar seguro de si puede alcanzarla.
Esta doble lectura guía gran parte de la película: no se trata solo de qué decisiones tomará Mariano, sino de cómo cada una de ellas revela su relación con la culpabilidad, el perdón, la justicia y la misericordia. La gracia, de hecho, se sugiere más como emoción vivida que como concepto doctrinal, y la película tiende a explorarla en imágenes visuales —momentos casi surrealistas— más que en diálogos explícitos.
Sorrentino, conocido por su estilo exuberante en obras como LA GRAN BELLEZA, adopta aquí un tono más contenido y contemplativo. La película desplaza el brillo habitual por una estética austera, cercana a la meditación visual y sonora.
Los planos prolongados, la puesta en escena medida, y el uso de la arquitectura monumental italiana no funcionan solo como contexto, sino como eco visual del aislamiento del protagonista y de su lucha por encontrar sentido en el peso de sus acciones y omisiones.
Un recurso recurrente que articula esta poética visual es la inclusión de imágenes inesperadas y casi oníricas —como la del astronauta flotando en gravedad cero con una lágrima flotante— que funcionan como metáforas abiertas sobre vulnerabilidad, elevación y la imposibilidad de la acción definitiva.
Aunque la película tiene un contexto político (un presidente ficticio enfrentando decisiones de Estado), el centro simbólico está en la dimensión humana, no en la técnica del poder. Esta elección de enfoque convierte a La Grazia en una especie de ritual cinematográfico sobre la responsabilidad, el duelo y la búsqueda de un sentido mayor en los actos cotidianos que definen una vida.
Un ejemplo claro es la escena en la que De Santis observa detenidamente a un astronauta llorando en ausencia de gravedad; ese instante funciona como una imagen intensa no solo por su audacia visual, sino porque capta algo definitorio del personaje: la paradoja entre fuerza exterior y fragilidad interior, un tema que atraviesa todo el film.
La Grazia se disfruta por su sensibilidad madura y su capacidad para tratar ideas complejas con sutileza y elegancia, destacando la actuación magistral de Servillo, ganadora de la Coppa Volpi en Venecia, como uno de los pilares emocionales de la obra.La Grazia se presenta como una de las obras más reflexivas y maduras en la filmografía de Sorrentino, desplazando su admirada capacidad visual hacia una propuesta más sobria, meditativa y filosóficamente ambiciosa.
A través de la figura del presidente Mariano De Santis, la película entra en zonas de incertidumbre moral, duelo personal y la eterna pregunta sobre la posibilidad de perdón y redención en un mundo donde las decisiones importan tanto como las consecuencias que dejan atrás.
Su equilibrio entre política, intimidad y poética visual lo convierte en un relato que exige del espectador no solo atención, sino apertura a una forma de cine que reflexiona tanto como siente —quizá su gracia más profunda.




