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sábado, 6 de septiembre de 2025

SAN SEBASTIÁN 2025:✨ Sirāt (2025): Una odisea visual, sonora y espiritual sobre pérdida

✨ Sirāt (2025): Una odisea visual, sonora y espiritual sobre pérdida


Si Sirāt pudiera definirse en una frase, sería: un road movie ritualístico que funciona como rito de paso cinematográfico. Más que importar solo qué sucede en su narrativa, lo que realmente importa es cómo se nos pide que lo experimentemos —con imágenes, sonidos, ritmo, peligro, éxtasis y confusión emocional—.




La película sigue a Luis, interpretado por Sergi López, y a su joven hijo Esteban, que viajan a través de Marruecos en busca de Mar, la hermana/desaparecida de la familia, cuyo rastro se pierde en fiestas rave en medio del desierto. Lo que comienza como una historia de misterio se transforma en una odisea iniciática, un descenso hacia lo impredecible, lo brutal y lo espiritual.

EN SIRAT importa más la experiencia

El relato de Sirāt se puede leer como una road movie clásica: viaje, búsqueda, encuentros con extraños y duelos morales. Pero Laxe no se aferra al guion tradicional. Más bien, lo desplaza hacia un territorio ambiguo, sensorial y visceral, donde los acontecimientos no se cuentan para explicar sino para hacer sentir.

  • El inicio nos sitúa en un ambiente de rave lleno de música electrónica, baile y una sensación de libertad absoluta, que contrasta con la búsqueda angustiosa de los protagonistas.

  • A partir de ahí, la película intercala secuencias de encuentro social con raveros y tramos de aparente calma en el desierto con momentos de intensa violencia, guerra y crisis existencial que empujan a los personajes más allá de sus límites.

Esta ruptura entre lo festivo y lo desolador crea una tensión que no se resuelve fácilmente, y es exactamente esa ambigüedad la que convierte el film en una experiencia más que en un relato convencional.



Sirāt no es solo visual; es sonora en su naturaleza. Su diseño de sonido —nombrado incluso entre las nominaciones más importantes del año— utiliza bajo, texturas electrónicas, ritmo repetitivo y silencios perturbadores para transformar la escucha en parte del viaje emocional.

La música y el sonido no acompañan la acción: son un componente estructural del relato, tanto como el desierto vasto y abrasador —rodado en localizaciones reales de Marruecos y España— que no solo contiene a los personajes, sino que parece condicionar su destino.

El espacio desértico funciona, más que como mero paisaje, como un espejo existencial: vasto, indiferente, implacable y, paradójicamente, profundamente íntimo. El desierto es un territorio donde lo humano se confronta con lo elemental: sed, desgaste físico, agotamiento, sonido y finalmente, percepción.


La elección de personajes no profesionales junto con intérpretes experimentados —como López— genera un efecto peculiar y deliberado: por un lado se exhibe naturalidad cruda, por otro, una presencia casi mística que se siente más vivida que actuada.

La relación entre Luis y Esteban no es objeto de sentimentalismo: es una dinámica de supervivencia afectiva. Hay amor, sí, pero también miedo, dudas, silencios, errores y contradicciones que no siempre reciben explicación narrativa, sino que se viven en carne propia.

Esto remite a una idea clave: Laxe no quiere que “comprendamos” a sus personajes; quiere que los experimentemos como presencias vivas en un mundo extraño y tremendo.

Sirāt atraviesa temas existenciales y espirituales que exceden una simple trama de búsqueda familiar. Por un lado, hay un comentario sobre la pérdida —literal y simbólica— como motor narrativo, y por otro, una reflexión sobre la comunión humana en medio de caos y colapso.

Comparada con obras como The Wages of Fear o mezclas estilísticas que recuerdan a Mad Max, en su ambición de mostrar un mundo en crisis constante, donde las decisiones importan tanto como las consecuencias de sobrevivir.

Ese enfoque no es gratuito: Laxe, según ha dicho en entrevistas, concibe el cine no como narración tradicional sino como experiencia transformadora y a veces catártica, precisamente para confrontar a quien ve la película con la brutalidad emocional de lo que está ocurriendo en pantalla.





Sirāt ha generado división crítica y de público. Unos la consideran una obra monumental y una de las mejores del año, incluso merecedora de Óscar según destacados críticos. Otros encuentran sus apuestas formales excesivas, confusas o frustrantes, sintiendo que el cambio de tono narrativo en el segundo acto es abrupto o que el film se pierde en experiencias sensoriales más que en estructura coherente.

Estas reacciones tan polarizadas son ellas mismas parte del significado del filme: no hay intención de complacer. Laxe parece apostar por un cine que sacude al espectador, más que por uno que consuela o explica:

Un rito de paso moderno, donde el viaje no tiene destino claro, solo pruebas, confrontaciones y revelaciones dolorosas.

Una alegoría del miedo, la libertad y la búsqueda de significado en un mundo en crisis, donde la civilización se parece a un espejismo en medio del desierto.

Una comunidad alternativa (la de los ravers) que representa una forma de comunicación humana sin las mediaciones institucionales habituales —aunque nada garantiza que esa comunidad pueda salvar a los protagonistas.


Sirāt es, esencialmente, un viaje más que una historia con principio y fin convencionales. Es obra de cine que desafía categorizarse: parte road movie, parte thriller, parte alegoría espiritual, todo envuelto en una estética brutal de sonido e imagen que obliga al espectador a experimentar física y emocionalmente lo que sucede en pantalla.

La película afirma su lugar no solo en el contexto del cine español contemporáneo, sino también en el diálogo internacional sobre cómo el cine puede ser no solo narración, sino ritual visceral transformador



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