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lunes, 22 de diciembre de 2014

Editorial: Una chica de provincias

La mediocridad de provincias.

Soy una persona horrible, terrible y muy mala, y lo soy por mirar por encima del hombro, y por sentirme rodeada de tremenda mediocridad. Que insoportable es la levedad del ser.

Más que provincianos somos de pueblo. De ese tipo del pueblo que da vergüenza. Somos a los que llaman “la prima del pueblo” los de la capital. Esa soy yo, la prima del pueblo.
Gracias o por desgracias de las redes sociales, todos nos hemos convertido en modernos, en hipsters y en Coolturetas, cuando somos en realidad total y unicamente horteras de bolera.
Que razón tiene moderna de pueblo, que con su bufamanta, su café de starburcks comprado en consum, viendo girls ( o lo que nos pega a las de pueblo, “dos chicas sin blanca”) vive creyéndose top.
Esta es la chica que trabaja en el mercadona o en el Abordo, y chimpón. La que se mira los desfiles pero nunca jamás ha aspirado a irse del “pueblo”, porque esto es lo que hay.

Luego esta otro tipo de chica de pueblo, la que jugaba a que era otra persona cuando se comia los spaguettis ( bueno, a lo mejor jugaba a que era la Dama, de la Dama y el vagabundo, pero aquí cada uno juega a lo que quiere) y se imaginaba y afirmaba cuando veía el festival de Venecia o de Cannes en el telediario: “Algún día estaré allí”.
Pero no nos engañemos, el sueño de todos los adolescentes del mundo era que en nuestro instituto hubiera taquillas! Ahora me pregunto para qué? No sé. Eso y ser animadora. Jamás perdonaré a mis padres por no haberse mudado a california y darme la oportunidad de ser rechazada como Cheerleader.
Soñaba, y creia que sí, que iría al instituto, y en mi cabeza los institutos eran como los americanos! Con taquillas y chicas populares, y soñaba que habría un chico como Jordan Catalano ( Jared leto que daño le has hecho a mi generación) con su melena, su guitarra, apoyado en las taquillas como un rebelde, y que podría decir esa frase que dice Ángela Chase en la serie My so-called life: “Él siempre está cerrando los ojos, como si doliera mirar a las cosas”
Todas hemos tenido a nuestro Jordan Catalano, y yo tuve al mio, ese muchacho que hoy por hoy, baila en los escenarios de medio mundo, y en las televisiones y espectáculos, por lo que no puedo decir su nombre. Como habréis adivinado también se fijo en mi, en esa chica de provincias, que no era la más popular, pero tenia el suficiente charm.

Sí, sí, se reían, pero ay amigos, yo, la niña que comia spaguettis imitando a un perrete de Disney, finalmente se fue a recorrer festivales de cine internacionales y cumplió sus sueños. Algo que no puede decir la mayoría.
En realidad me siento mal por pensar de esta manera y ver esta mediocridad, pero me aburro, me aburro enormemente. Siento que esa vida puede estar bien para determinadas personas y ser plenamente felices, por lo que creo que yo también podría llegar a serlo, pero lo cierto es que voy en el metro o autobús cargada de hastió.
Y entonces es cuando sientes que no eres más que otra Tamara Drewe cualquiera, que vuelve al pueblo de su infancia.
Solo eres una Sandra Bullock más, tras ser engañada por su marido, y volver a casa de sus padres, cuando todo el mundo ha visto tu desgracia en televisión.
Pues sí, es súper triste, porque un día normal, esta misma semana estas volviendo a casa con las bolsas de plástico del consum, y vas pensando: “ Hace un mes me iba a tomar un café y me encontraba con Viggo Mortensen”, así tan normal, en los desayunos latinos del festival de cine de San Sebastián.

Y las lágrimas se te saltan, porque es una perdida de glamour inmediata, un día estas en Venecia dándole la chapa a Ethan Hawke, y otro día eligiendo detergente. Lo de la chapa es literal, le dimos una del blog, y bueno, lo del detergente es el menor de los problemas.

Ahora bien, la tristeza es tenerlo todo, es haber vivido en ciudades como Roma o Madrid, y llevar botas de agua hunter todos los días, gorritos de mil formas y colores o un borsalino por la calle sin que nadie te mire raro, paseando por las mejores calles del mundo, y no de turista, sino porque vives allí.


Lloras. Lloras porque no estas loca. Lloras presa de una timidez irremediable, que combates con retos con tus amigas. Lloras porque odias a la gente. Lloras porque quieres vivir en otra parte. Lloras porque un día saldrás por la puerta y no volverás, como un pez naranja comprado en el mercado que acabas tirando por el desagüe.



Hay una buena parte de ficción en lo que cuento. Pero amigo lector, no te diré cuanta.

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